Cuestion religiosa

LA ESPERANZA, LA MÁS PEQUEÑA DE LAS VIRTUDES, PERO LA MÁS FUERTE

Muchas veces, nuestro querido Papa Francisco nos ha hablado de la esperanza, definiéndola como "la más pequeña de las virtudes, pero, la más fuerte". Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor Resucitado, por la tanto no es algo, sino alguien, tal como San Francisco exclama en las Alabanzas del Dios Altísimo: "¡Tú eres nuestra esperanza, y no abandonarás a todos los que esperan en él!".

Es la más humilde de las tres virtudes teologales, porque permanece oculta, es una virtud arriesgada, como dice San Pablo, de una ardiente expectativa hacia la revelación del Hijo de Dios. No es una ilusión. Es una virtud que nunca decepciona. Es paciencia, combativa, con la tenacidad de quienes van hacia un destino seguro.

Siempre presente en todas las culturas y en todas las épocas, su significado se adhiere, moldeándose al pensamiento y a la cultura de los diferentes pueblos.

Juan Pablo I, durante su brevísimo ministerio, afirmó que la esperanza "es una virtud obligatoria para todo cristiano" que nace de la confianza en tres verdades: Dios es todopoderoso, Dios nos ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas.

San Juan Pablo II nos dice que es el don del Espíritu Santo que suscita en nosotros la esperanza de que nada nos podrá separar jamás del amor de Dios, en Cristo Jesús, de ahí que, los cristianos estemos llamados a ser testigos en el mundo de esta experiencia gozosa, siempre dispuestos a responder a todo el que pida razón de la esperanza.

Benedicto XVI describe la esperanza como capaz de "producir hechos y cambiar la vida", señalando como testigo de la esperanza a Santa Josefina Bakhita, una mujer que conoció la esclavitud, la violencia, la pobreza, la humillación. Una mujer que, en el encuentro con Jesús, vio el renacimiento de la esperanza que luego transmitió a los demás como una realidad viva.

"La esperanza -afirma el Papa Francisco- hace que uno entre en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz, de ahí que nos dé tantas fuerzas para caminar en la vida". Y en este momento tan delicado de nuestra historia y de nuestras vidas, el Papa habla del contagio que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia.

Es el contagio de la esperanza: " ¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!". No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, esto no es la resurrección de Cristo. Es, en cambio, la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no evita el sufrimiento y la muerte, sino que los atraviesa abriendo un camino hacia el abismo, transformando el mal en bien, la marca exclusiva del poder de Dios.

Con la Pascua, hemos conquistado un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: "el derecho de la esperanza". Es una esperanza nueva y viva, que viene de Dios, y pone en nuestros corazones la certeza de que Dios sabe convertir todo en bien, porque incluso de la tumba saca la vida.

P. Marcelo