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La soledad, esa otra epidemia

Hace unos días salía una de esas noticias que se cuelan disimuladamente en la radio y provocan más reflexión que ruido, y que por supuesto la mayoría de los medios ignoran porque no hay polémica ni sangre de por medio y, sobre todo, porque atañe principalmente a las personas mayores. Y es que siguiendo la estela de algún otro país, el gobierno de Japón ha creado un ministerio de la soledad, sobre todo tras constatar este año que la tragedia del suicidio se ha llevado por delante más vidas que el propio coronavirus.

No conozco la cultura asiática, ni tampoco los pormenores de la propuesta, pero sí sabemos que viendo la demografía europea el problema de la soledad nos afectará mucho de aquí a unos años. Está claro que no es lo mismo la soledad necesaria que la soledad impuesta, pero debemos reconocer con humildad que el individualismo exacerbado, el consumismo y el materialismo radical han propiciado que las personas dejen de mirar más allá de su ombligo y se centren solo en ellas mismas. Esta dinámica vital no lleva a otra cosa que al aislacionismo y a olvidar que aunque no lo queramos, somos seres sociales y necesitamos de otros, y no solo para tener lo básico para sobrevivir, sino para dar identidad, amor y sentido a nuestra propia existencia.

Y quizás la vacuna para la soledad -otra pandemia que lleva décadas incubándose- la tenemos ya desde hace muchos años: la familia y los amigos. Porque en nuestra vida no podemos tener solo en el horizonte un gran proyecto profesional o inmejorables planes para las vacaciones, sino una red de personas donde crezca el afecto y la vida de forma sana y nos permita hacer de cada historia un proyecto fecundo. Ojalá dentro de unos años no haga falta este ministerio en ningún país del mundo, pero me temo que será una bonita utopía a no ser que la cultura del encuentro se convierta en nuestra forma de vida.