San Pablo nos recuerda que “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Ga 4,4). Así vemos entonces como el rostro de Dios tomó un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María, a la que veneramos como Madre de Dios, quien conservando en su corazón el secreto de la maternidad divina, fue la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre.
Y pensar en el misterio del Rostro de Dios y del hombre es un camino privilegiado que lleva a la paz, porque la misma comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de piel, su nacionalidad, su lengua y su religión.
Y si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de ver en el rostro del otro a un hermano de la humanidad; no un medio, sino un fin; no un rival o un enemigo, sino otro yo.
Es como una especie de resonancia, ya que quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes sin relieve, mientras que cuanto más habite Dios en nosotros, tanto más sensibles seremos también a su presencia en lo que nos rodea, sobre todo en las personas, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir, como hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestras limitaciones y nuestros errores.
Pero también hoy nos encontramos también con rostros minados por el hambre y las enfermedades, rostros desfigurados por el dolor y la desesperación, de ahí el imperativo de comprometernos todos juntos a construir un mundo más digno para el hombre, porque quien sabe reconocer la presencia del rostro de Cristo en el otro será entonces capaz de reconocer la presencia del hermano.
En el tiempo de Navidad repetimos un Salmo que contiene, entre otras cosas, también un ejemplo de como la venida de Dios transfigura la creación y también a nosotros, un himno que comienza con una invitación de alabanza: “Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre” (Sal 95, 1).
Y así la fiesta de la fe se convierte en fiesta del hombre y de la creación: la fiesta que en Navidad la hemos expresado también mediante los adornos en los árboles, en las calles y en nuestras casas, donde todo vuelve a florecer porque Dios ha venido a nosotros; y la Madre muestra al Niño, a los pastores de Belén, que se alegran y alaban al Señor, renovando también la Iglesia el misterio para todos los hombres, y mostrando el rostro de Dios, para que, con su bendición, puedan caminar por la senda de la paz.